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Sanditon (2019)
Género: Serie de TV 8 Episodios
Año: 2019
País: UK
Productora: ITV
Guionista: Andrew Davies Novela: Jane Austen
Reparto:
Rose Williams ... Charlotte Heywood
Theo James ... Sidney Parker
Kris Marshall ... Tom Parker
Anne Reid ... Lady Denham
Leo Suter ... Young Stringer
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Sinopsis: Sanditon cuenta la historia de Charlotte Heywood (Rose Williams), alegremente impulsiva, enérgica y poco convencional, y su relación con Sidney Parker (Theo James). Cuando se traslada desde su ciudad natal rural de Willingden hasta Sanditon, el centro turístico, Charlotte se encuentra con las intrigas y alianzas de una ciudad costera en construcción, y con los personajes cuya fortuna depende de su éxito comercial.
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Andrew Davies adaptará el fragmento de 11 capítulos original de Austen en una serie de ocho partes para ITV y MASTERPIECE : " Ha sido muy divertido desarrollar el fragmento de Jane Austen en una serie, ahora estoy ansioso por ver a nuestro excepcional reparto que da vida a Sanditon ".
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Sanditon. Los capítulos que escribió Austen: I-VI
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SANDITON
I
Un señor y su esposa que se dirigían de Tonbridge hacia esa parte de la costa de Sussex que hay entre Hastings y Eastbourne, inducidos por sus intereses a dejar el camino real y meterse por un camino abrupto, volcaron cuando subían penosamente la larga cuesta mitad piedra, mitad arena. El accidente ocurrió justo después de pasar la única casa señorial cercana al camino: casa que el cochero, al indicársele que fuese en esa dirección, había supuesto que era su destino, y tuvo que dejar atrás claramente contrariado. Había gruñido y se había encogido de hombros tantas veces, y había compadecido y sujetado a los caballos con tal brusquedad, que hubiera podido sospecharse que volcó a propósito (sobre todo teniendo en cuenta que el carruaje no era de su amo), si no fuera porque el camino empeoraba aún más a partir de las últimas dependencias de dicha casa… poniendo de manifiesto de manera más que elocuente que desde ese punto no había otras ruedas capaces de seguir con seguridad que las de carro. La lentitud de la marcha y la estrechez del carril impidieron que la caída fuera grave; y una vez que el caballero trepó y ayudó a su compañera, comprobaron que ni uno ni otro habían sufrido más que la sacudida y alguna contusión. Pero el caballero se torció un tobillo al salir; y al notarlo de repente, se vio obligado a interrumpir sus amonestaciones al cochero, sus felicitaciones a su esposa y a sí mismo, y a sentarse en el terraplén, incapaz de permanecer de pie.
—Creo que me he hecho daño aquí —dijo, llevándose la mano al tobillo—; pero no importa, querida —mirándola con una sonrisa—: no podía haber ocurrido en mejor sitio; no hay mal que por bien no venga. Quizá haya sido lo más deseable. En seguida tendremos ayuda. Estoy seguro de que allí me curarán —señalando el extremo de una casa preciosa que descollaba románticamente entre los árboles, en lo alto de una eminencia, a poca distancia—. ¿Acaso no promete ser el lugar más idóneo?
Su esposa expresó su ferviente esperanza de que lo fuera… pero estaba asustada y nerviosa, y se sentía incapaz de hacer o sugerir nada; y su primer alivio de verdad fue descubrir que acudían varias personas a prestar ayuda. Habían visto el accidente desde un campo de heno contiguo a la casa que habían pasado; y los que se acercaban eran un hombre fuerte, apuesto y caballeroso de mediana edad, propietario del lugar, que en ese momento se hallaba casualmente entre sus segadores, y tres o cuatro de éstos, los más fornidos, a los que su amo había llamado para que ayudasen, sin contar el resto del campo, hombres, mujeres y niños, que se hallaban no lejos de allí.
El señor Heywood, que así se llamaba el propietario, se adelantó con un cortés saludo, muy preocupado por el accidente, un poco sorprendido de que alguien se aventurase en coche por ese camino, y vivos ofrecimientos de ayuda. Su gentileza fue acogida con gratitud y educación; y mientras uno o dos hombres ayudaban al cochero a enderezar el coche, dijo el viajero:
—Es usted muy amable, señor, y acepto su ofrecimiento. Creo que el daño de la pierna carece de importancia, pero en estos casos siempre es mejor tener cuanto antes la opinión del cirujano; y como el camino no parece que esté en condiciones para que pueda andar hasta su casa por mi propio pie, le agradecería que mandara a una de estas buenas personas por el cirujano.
—¿Por el cirujano, señor? —contestó el señor Heywood—. Me temo que no va a encontrar ningún cirujano por aquí cerca; aunque creo que nos arreglaremos muy bien sin él.
—De ningún modo, señor; si él no está disponible, su socio me puede atender igual… o mejor. La verdad es que me gustaría que me viera su socio; lo preferiría. Uno de estos buenos hombres puede ir a traerle en un par de minutos. No hace falta preguntar dónde vive —mirando hacia la casa—, porque aparte de la de usted, no hemos cruzado ante ninguna casa en este lugar que pueda considerarse digna de un caballero.
El señor Heywood le miró con asombro, y contestó:
—¡Cómo, señor! ¿Espera encontrar un cirujano en esa casa? Le aseguro que no tenemos ni cirujano ni socio de cirujano en todo el contorno.
—Perdone —replicó el otro—. Siento tener que contradecirle, pero tal vez no esté usted enterado debido a la extensión del municipio, o a alguna otra causa. Espere. ¿No me habré equivocado de pueblo? ¿No es esto Willingden?
—Sí, señor; efectivamente es Willingden.
—Entonces puedo aportar pruebas de que hay un cirujano en el municipio, lo sepa usted o no. Un momento —sacando su cartera—: si me hace el favor de echar una ojeada a estos anuncios que recorté del Morning Post y la Kentish Gazette ayer mismo en Londres, creo que se convencerá de que no hablo por hablar. Como ve, es el anuncio de la disolución de una sociedad médica de su municipio: extenso negocio; innegable calidad; referencias respetables… desean establecer consulta particular… Aquí tiene todos los detalles —tendiéndole los dos pequeños extractos rectangulares.
—Mire —dijo el señor Heywood sonriendo de buen humor—, aunque me enseñe todos los periódicos que se han publicado durante la semana en todo el reino, no me convencerá de que hay cirujano en Willingden; dado que vivo aquí desde que nací, de pequeño y de mayor, hace cincuenta y siete años, creo que debería conocer a una persona así. Al menos me atrevo a decir que no tiene mucho trabajo. Claro que si a las personas les da por frecuentar en coche este camino, no sería mala idea que un cirujano abriese consulta en lo alto de la cuesta. Pero en cuanto a esa casa, le garantizo que (pese al aspecto airoso que tiene desde aquí) es una doble vivienda normal y corriente, de las muchas que hay en el municipio, y que a un lado vive mi pastor y al otro tres ancianas.
Cogió los recortes de periódico mientras hablaba; y tras echarles una ojeada, añadió:
—Creo que se lo puedo explicar: se ha equivocado de pueblo. En esta comarca hay dos Willingden, y su anuncio se refiere al otro, a Great Willingden, o Willingden Abbots, que está a once kilómetros de aquí, al otro lado de Battle… justo abajo en el Weald. Y nosotros, señor —hablando con orgullo—, no estamos en el Weald.
—Desde luego que no —replicó el viajero alegremente—. Hemos tardado media hora en subir hasta aquí. Muy bien, señor; quizá es verdad lo que dice, y he tenido un despiste de lo más idiota… por hacerlo todo en el último momento: no me fijé en los anuncios hasta media hora antes de dejar la capital, con la confusión y las prisas que siempre acompañan a una corta estancia allí. Uno nunca consigue terminar de hacer las cosas hasta que tiene el coche en la puerta; así que me conformé con hacer una breve averiguación; y al saber que íbamos a pasar efectivamente a dos o tres kilómetros de Willingden no hice más indagaciones… Querida —a su esposa—, siento muchísimo haberte metido en este lío. Pero no te alarmes por mi tobillo. Cuando estoy quieto no me duele; y en cuanto estas buenas personas consigan poner en pie el carruaje y dar la vuelta a los caballos, lo mejor que podemos hacer es volver sobre nuestros pasos hasta el camino real, coger la dirección de Hailsham, y regresar sin intentar nada más… Desde Hailsham, llegaremos a casa en dos horas. Y una vez allí, tendremos el remedio a mano. Un poco de nuestro tonificante aire marino me pondrá nuevamente en forma. Ten confianza, cariño, es el típico caso que resuelve el mar. El baño y el aire salino harán el milagro. Mi instinto me lo está diciendo ya.
Aquí intervino con toda amabilidad el señor Heywood, rogándoles que no pensasen en continuar el viaje hasta que no le fuera examinado el tobillo y hubiesen tomado algún refrigerio, insistiéndoles muy cordialmente en que dispusiesen de su casa para lo uno y lo otro.
—Nosotros estamos siempre provistos de todos los remedios corrientes para torceduras y contusiones —dijo—. Y le garantizo que mi esposa y mis hijas estarán encantadas de serles útiles a usted y a esta dama en lo que puedan.
Un pinchazo o dos al intentar mover el pie inclinaron al viajero a pensar, más que al principio, en la conveniencia de recibir ayuda inmediata… Y después de comentar brevemente a su esposa: «Bueno, querida, creo que será mejor para nosotros», se volvió hacia el señor Heywood, y dijo:
—Antes de aceptar su hospitalidad, señor, y a fin de disipar cualquier impresión desfavorable que le haya podido causar esta especie de caza del ganso silvestre en que me encuentra, permita que le diga quiénes somos. Me llamo Parker: soy el señor Parker de Sanditon; y ésta es mi esposa, la señora Parker. Venimos de Londres y nos dirigimos a casa. Puede que mi nombre no se conozca a esta distancia de la costa (aunque tengo propiedades en el municipio de Sanditon), pero en Sanditon… Todo el mundo ha oído hablar de Sanditon, joven y próspero pueblecito de veraneo, preferido entre todos los que existen a lo largo de la costa de Sussex, el más favorecido por la naturaleza, y el que promete ser el más escogido por el hombre.
—Sí he oído hablar de Sanditon —contestó el señor Heywood—. Cada cinco años, se oye decir que ha surgido o se ha puesto de moda algún nuevo pueblecito costero. ¡Lo asombroso es cómo se pueden llenar la mitad de ellos! ¡De dónde sale la gente con dinero y tiempo suficientes para acudir a ellos! Mala cosa para un país; seguro que hará subir el precio de los alimentos y dejará sin trabajo a los pobres… ¿no le parece?
—¡De ninguna manera; no, señor! —exclamó el señor Parker con vehemencia—. Todo lo contrario, se lo aseguro. Ésa es una idea corriente… pero equivocada. Puede que sea aplicable a las ciudades excesivamente grandes y extensas, como Brighton, o Worthing, o Eastbourne; pero no a un pueblecito como Sanditon, al que su mismo tamaño le impide sufrir ninguno de los males de la civilización, mientras que su crecimiento, los edificios, los parques infantiles, la demanda de todo, y la seguridad de encontrar la mejor compañía, cuyas familias formales, estables, íntimas, de absoluta finura y distinción, que son una bendición en todas partes, estimulan la laboriosidad de los pobres y difunden el bienestar y el progreso en todas las capas. No, señor, yo le aseguro que Sanditon no es un lugar…
—No pretendo menospreciar ningún pueblo concreto, señor —contestó el señor Heywood—. Sólo pienso que nuestra costa está demasiado llena de lugares así… Pero será mejor que le llevemos…
—¿Demasiado llena nuestra costa? —repitió el señor Parker—, Bueno, puede que no estemos en total desacuerdo en ese punto. Al menos hay bastantes. Abundan en nuestra costa; no hacen falta más. Los hay para todos los gustos y para todas las economías; y los que tratan de sumarse a los ya existentes son en mi opinión demasiado ridículos, y no tardarán en descubrir que han sido víctimas de sus propios cálculos erróneos. Lo que sí digo, señor, es que hacía falta un lugar como Sanditon, se estaba reclamando. La naturaleza misma lo ha promocionado, y proclamado con los caracteres más inteligibles: con la brisa más agradable y pura de la costa (está reconocido que lo es), con unos baños excelentes, una arena fina y firme, unas aguas profundas a diez metros de la orilla, sin barro, sin algas, sin rocas cubiertas de limo… Jamás ha habido un lugar más palpablemente destinado por la naturaleza a estación balnearia para los inválidos: el sitio que miles de personas parecían necesitar, ¡y a la distancia más deseable de Londres! Dos kilómetros exactos y medidos más cerca que Eastbourne. Piense tan sólo, señor, en la ventaja de ahorrarse kilómetro y medio en un viaje largo. En cuanto a Brinshore, que es en lo que quizá está pensando, los intentos de dos o tres especuladores, este año pasado, de promocionar esa aldea insignificante, situada como está entre marismas estancadas, un páramo desolado y los efluvios constantes de una loma de algas putrescentes, no puede sino terminar en su propio desencanto. ¿Qué tiene Brinshore que lo haga recomendable, en nombre del sentido común? Su aire es de lo más insalubre; sus caminos son intransitables, su agua es salobre como no hay otra, y es imposible conseguir un buen plato en cinco kilómetros a la redonda. Y en cuanto a la tierra… es tan fría y desagradecida que apenas se le puede sacar una col. Tenga la seguridad, señor, de que esto que le digo es una fiel descripción de Brinshore, sin un gramo de exageración. Y si ha oído decir lo contrario…
—Señor, en mi vida había oído hablar de él —dijo el señor Heywood—. No sabía que existiera ese pueblo en el mundo.
—¿De verdad? ¡Para que veas, querida —volviéndose con júbilo a su esposa—, dónde queda la fama de Brinshore! Este caballero no sabía que existiera ese pueblo en el mundo. Verdaderamente, señor, supongo que se le puede aplicar a Brinshore ese verso de Cowper que describe a la aldeana religiosa como opuesta a Voltaire: «Ella, desconocida a media milla de su hogar».
—No faltaba más, señor. Aplíquele los versos que guste; pero quiero ver que le aplican a usted algo en la pierna; y estoy seguro de que su señora, a juzgar por su expresión, opina lo mismo y considera una lástima perder más tiempo… Y aquí vienen mis hijas, que hablarán por sí mismas, y su madre —ahora vieron salir de la casa dos o tres jóvenes de aspecto distinguido seguidas de otras tantas doncellas—. Empezaba a extrañarme que no les hubiera llegado el revuelo. Una cosa así produce conmoción en un lugar solitario como el nuestro. Ahora, señor, veamos cuál es la mejor manera de trasladarle a la casa.
Llegaron las jóvenes y dijeron cuanto era oportuno en apoyo del ofrecimiento de su padre; y con sencillez y naturalidad se propusieron hacer que los forasteros se sintieran cómodos. Y como la señora Parker estaba muy necesitada de alivio, y su marido ahora no mucho menos dispuesto a aceptarlo, bastaron muy pocos reparos de cortesía; sobre todo cuando, levantado el carruaje, descubrieron que había sufrido tal daño en el lado sobre el que había caído que estaba inservible de momento, de modo que lo llevaron empujando a un cobertizo vacío.


II


No fue ni breve ni superficial la amistad iniciada de esta extraña forma. Porque los viajeros tuvieron que permanecer catorce días en Willingden: la torcedura del señor Parker resultó ser demasiado seria para ponerse en viaje antes: había caído en buenas manos. Los Heywood eran una familia de lo más honorable, y prestaron al marido y la esposa todas las atenciones posibles de manera amable y natural. Él fue atendido y cuidado, y ella confortada y consolada con incansable solicitud. Y como todas las muestras de hospitalidad y simpatía fueron recibidas como correspondía, y hubo tan buena voluntad por una parte como gratitud por la otra, y tan buenas maneras en las dos, acabaron simpatizando maravillosamente en el transcurso de esas dos semanas.
No tardó el señor Parker en dar a conocer su reputación y su historia. Todo cuanto sabía de sí lo contó de buen grado, dado que era de carácter abierto; y en lo que él mismo ignoraba, su conversación siguió facilitando información a los miembros de la familia Heywood con capacidad de observación. Esto puso de relieve que era un entusiasta… y tratándole de Sanditon, un entusiasta total. Sanditon: parecía que la razón de su vida era el éxito de Sanditon como pequeña estación balnearia de moda. Muy pocos años antes, era sólo un pueblecito apacible y sin pretensiones; pero determinadas ventajas naturales de su situación y determinadas circunstancias accidentales les habían sugerido a él y a la otra persona terrateniente principal la posibilidad de convertirlo en una especulación rentable, se habían lanzado a ello, habían planificado y construido, y alabado y difundido, y lo habían transformado en un lugar de actualidad y renombre. Y ahora el señor Parker era capaz de pensar en muy pocas cosas más.
Las referencias que en conversación más directa desgranó ante ellos eran que tenía treinta y cinco años, que llevaba siete casado —muy felizmente casado—, y que en casa tenía cuatro hijos adorables; que provenía de una familia muy respetable y tenía una holgada aunque no cuantiosa fortuna, que no ejercía ninguna profesión, al haber heredado como hijo mayor la propiedad que dos o tres generaciones habían mantenido y aumentado antes que él; que tenía dos hermanos y dos hermanas, los cuatro solteros e independientes, y que el mayor de los dos primeros, gracias a una herencia colateral, poseía tantos medios como él.
Asimismo explicó que su propósito al dejar el camino real era dar con un cirujano que se anunciaba: no porque tuviese la deliberada intención de torcerse un tobillo ni infligirse daño alguno en beneficio del tal cirujano, ni —como el señor Heywood estaba dispuesto a suponer— a ningún propósito de asociarse con él: tan sólo se debía al deseo de llevar un médico a Sanditon, cosa que el carácter del anuncio le hacía esperar conseguir en Willingden. Estaba convencido de que la ventaja de contar con un médico contribuiría enormemente al auge y prosperidad del lugar: traería de hecho una gran afluencia: no haría falta nada más. Tenía buenos motivos para creer que el año anterior una familia había renunciado a ir a Sanditon por esa razón; probablemente habían renunciado muchas más, y no era de esperar que sus propias hermanas, que por desgracia eran inválidas, y a las que estaba deseoso de tener en Sanditon este verano, se arriesgaran a ir a un sitio donde no podían contar con inmediata asistencia médica.
En general, el señor Parker era evidentemente un hombre amable y hogareño, cariñoso con su esposa, sus hijos y sus hermanos, afable, liberal, caballeroso y fácil de contentar, de espíritu optimista, y con más imaginación que juicio. En cuanto a la señora Parker, era evidentemente una mujer dulce, bondadosa, de temperamento apacible, la esposa más apropiada del mundo para un hombre de entendimiento vigoroso, aunque era incapaz de aportar la fría reflexión que su marido necesitaba a veces, de manera que esperaba que se la guiase en todas las situaciones, y tanto si él arriesgaba su fortuna como si se torcía el tobillo, era igualmente inútil.
Sanditon era para él una segunda esposa y cuatro hijos: lo quería muy poco menos, y desde luego le absorbía mucho más. Podía estar hablando de Sanditon eternamente. Desde luego tenía todos los derechos; no sólo el que le otorgaba el haber nacido en él, y tener allí sus propiedades y su hogar: además era su mina, su lotería, su especulación, su chifladura, su pasatiempo, su esperanza y su futuro. Ardía en deseos de llevar allí a sus buenos amigos de Willingden; y sus esfuerzos en ese sentido eran cordiales y desinteresados a la vez que entusiastas.
Quería sacarles la promesa de una visita, tener a cuantos miembros de la familia cabían en su casa, y que le siguieran a Sanditon lo más pronto posible; y dado que eran personas sanas, auguraba que a todos les iba a sentar maravillosamente el mar. Sostenía que nadie podía sentirse bien de verdad, que nadie —por mucho que mantuviese una apariencia de salud con la eventual ayuda del ejercicio y el ánimo— podía encontrarse en un estado constante y permanentemente sano si no pasaba cuando menos seis semanas al año junto al mar. Eran casi infalibles el aire marino y el baño de mar; tanto el uno como el otro eran enemigos de toda dolencia, ya fuera del estómago, de los pulmones o de la sangre; eran antiespasmódicos, antipulmonares, antiescépticos, antibiliosos y antirreumáticos; nadie se acatarraba junto al mar; nadie carecía de apetito junto al mar; nadie carecía de ánimo, nadie carecía de fuerza. Eran saludables, lenitivos, relajantes, tonificantes, vigorizantes: unas veces una cosa, otras otra. Si fallaba la brisa marina, el remedio seguro era el baño de mar; y cuando el baño no convenía, la cura que la naturaleza prescribía era, sin dudarlo, la brisa marina.
No obstante, no consiguió triunfar su elocuencia. El señor y la señora Heywood no salían nunca de casa. Casados a edad temprana y padres de numerosa familia, sus movimientos se limitaban desde hacía años a un pequeño círculo, y sus hábitos eran propios de personas de más edad: salvo un par de viajes a Londres que hacía al año para recoger sus dividendos, el señor Heywood no se alejaba de su casa más de lo que sus pies o su viejo y cansado caballo le podían llevar; y en cuanto a las expediciones de la señora Heywood, ahora se reducían a visitar de vez en cuando a sus vecinas en el coche que había sido nuevo cuando se casaron, y habían vuelto a tapizar cuando el hijo mayor alcanzó la mayoría de edad hacía diez años. Tenían una hermosa propiedad: suficiente, de haber sido la familia de proporciones razonables, para haberse permitido la vida de lujo y de cambios digna de un caballero; suficiente para haberse permitido un coche nuevo, mejores caminos, algún que otro mes en Tunbridge Wells, algún síntoma de gota y algún invierno en Bath; pero alimentar, educar y vestir a catorce hijos exigía un estilo de vida tranquilo, sosegado, y prudente… y les obligaba a permanecer clavados y sanos en Willingden.
Lo que al principio había impuesto la prudencia, el hábito lo hacía ahora agradable. Jamás dejaban la casa, y les producía satisfacción decirlo. Pero lejos de desear que sus hijos hicieran lo mismo, les gustaba animarlos a que saliesen al mundo lo más posible. Ellos se quedaban en casa para que pudiesen salir sus hijos; y a la vez que hacían el hogar sumamente agradable, se alegraban de cualquier cambio en él que favoreciese unas relaciones provechosas o unas amistades respetables a los hijos y las hijas. Así que cuando el señor y la señora Parker dejaron de insistir en que les visitase la familia, y limitaron sus pretensiones a llevarse una hija con ellos, no pusieron ningún impedimento. La satisfacción y el consentimiento fueron totales.
Su invitación fue para la señorita Charlotte Heywood, una joven muy agradable de veintidós años, la mayor de las hijas, la cual, por indicación de la madre, había estado especialmente solícita y amable con ellos, y los había atendido y tratado más. Debía ir Charlotte, de excelente salud, a bañarse y mejorar si era posible, y disfrutar de cuantos placeres ofrecía Sanditon, por agradecimiento de aquéllos con quienes iba, y comprar en la biblioteca circulante nuevas sombrillas, nuevos guantes y nuevos broches para sus hermanas y para sí misma, cosa que el señor Parker estaba deseoso de apoyar.
En cuanto al señor Heywood, lo más que accedió a prometer fue que recomendaría Sanditon a quienes le pidieran consejo, y que nada le induciría jamás (en la medida en que podía responder del futuro) a gastarse ni cinco chelines en Urinshore.


III


Toda vecindad debe tener una gran dama. La gran dama de Sanditon era lady Denham; y durante el viaje de Willingden a la costa, el señor Parker facilitó a Charlotte una información más detallada de ella de lo que se le había pedido antes: había tenido que referirse a esta señora muchas veces en Willingden porque, al dedicarse a la especulación como él, no podría haber hablado de Sanditon mucho tiempo sin tener que presentar a lady Denham, y Charlotte sabía ya que se trataba de una anciana riquísima que había enterrado a dos maridos, que conocía el valor del dinero, que era muy respetada y que tenía una parienta pobre que vivía con ella. Pero algunos datos más de su historia y su carácter sirvieron para aliviar el aburrimiento de una cuesta larga o de un tramo pesado del camino, y dar a la joven señorita que iba a visitarlos oportuna información de la persona a la que podía esperar ver a diario.
Lady Denham había sido una rica señorita Brereton, nacida para la opulencia aunque no para la educación. Su primer marido fue un tal señor Hollis, hombre de considerables propiedades en la comarca, gran parte de ellas en el municipio de Sanditon, con señorío y casa solariega. Era un hombre ya mayor cuando se casó con ella, que tenía entonces treinta años. Tal vez a la distancia de cuarenta años no se comprendieran bien sus motivos para aceptar tal unión, pero había contentado y cuidado tan bien al señor Hollis que éste se lo dejó todo: las tierras y cuanto poseía pasaron a su nombre y disposición. Tras una viudez de varios años, la persuadieron para que se casase nuevamente. El difunto sir Harry Denham, de Denham Park, en la vecindad de Sanditon, consiguió incorporarla, juntamente con sus grandes rentas, a sus propios dominios; pero no consiguió el propósito que le atribuían de enriquecer de manera permanente a su propia familia. La dama fue demasiado precavida para permitir que quedase nada fuera de su potestad; y cuando regresó a su propia casa de Sanditon a la muerte de sir Harry, dicen que se jactó ante una amiga de que «si bien no había obtenido más que el título de la familia, no había dado nada a cambio».
Decían que se había casado por el título, y el señor Parker reconocía que ahora tenía cierto evidente fundamento, ya que eso explicaba la conducta de ella.
—A veces muestra un poco de altivez —dijo—, pero sin que resulte ofensiva; y hay momentos, hay ocasiones, en que lleva demasiado lejos su amor al dinero. Aunque es una mujer bondadosa, una mujer bondadosísima; una vecina muy amable y simpática. Es una persona alegre, independiente y apreciable; y sus defectos pueden atribuirse enteramente a su falta de educación. Tiene una sensatez natural, aunque totalmente sin cultivar. Y posee un espíritu activo y despierto, así como un físico sano para una mujer de setenta años, y participa en la mejora de Sanditon con un espíritu realmente admirable, aunque de vez en cuando le aflora cierta mezquindad. No es capaz de mirar al futuro como yo quisiera… y se alarma ante cualquier pequeño gasto sin tener en cuenta los beneficios que le dará dentro de un año o dos. O sea, señorita Heywood, que pensamos de manera diferente; que de vez en cuando vemos las cosas de forma distinta. Pero hay que acoger con reserva las historias que le cuentan a uno. Ya juzgará por sí misma cuando nos vea juntos.
Lady Denham era efectivamente una gran dama, más allá de las comunes exigencias de la sociedad, porque tenía muchos miles al año que legar, y tres clases de personas que la cortejaban: sus propios parientes, que lógicamente aspiraban a repartirse sus treinta mil libras originales, los legítimos herederos del señor Hollis, que esperaban agradecerle a ella más sentido de la justicia que a él, y aquellos miembros de la familia Denham en cuyo favor el segundo marido había esperado hacer un buen trato. Todos éstos, o sus ramas, la habían asediado durante mucho tiempo, y aún lo seguían haciendo; y de estas tres divisiones, el señor Parker no vacilaba en decir que los parientes del señor Hollis eran los que menos favor gozaban, y los de sir Harry Denham los que más. Los primeros, creía, se habían causado a sí mismos un perjuicio irreparable haciendo manifestaciones de muy imprudente e injustificable resentimiento a la muerte del señor Hollis; los segundos, a la ventaja de ser los que quedaban de un parentesco que ella apreciaba evidentemente, sumaban el haberla conocido desde niños, y el estar siempre cerca para preservar sus intereses con lógico cuidado. Sir Edward, el actual baronet, sobrino de sir Harry, residía permanentemente en Denham Park; y el señor Parker estaba convencido de que él y su hermana, la señorita Denham, que vivía con él, serían los más recordados en su testamento. Sinceramente lo esperaba. La señorita Denham contaba con un pequeñísimo peculio, y su hermano era pobre para su posición en la sociedad.
—Es un amigo entusiasta de Sanditon —dijo el señor Parker—, y si de él dependiera, su mano sería tan liberal como su corazón. ¡Sería un noble coadjutor! De todos modos, hace lo que puede… y está construyendo un precioso chalet en un trozo de terreno baldío que lady Denham le ha cedido, al que estoy seguro de que le saldrán muchos candidatos antes incluso de que acabe esta temporada.
Hasta hacía un año, el señor Parker había considerado que sir Edward carecía de rival, y que era quien tenía las mayores posibilidades de suceder a gran parte de lo que lady Denham tendría que legar. Pero ahora había que tener en cuenta los derechos de otra persona: una joven parienta que lady Denham se había dejado persuadir de acoger en su casa. Después de haber puesto siempre reparos a ningún aditamento, y de disfrutar larga y frecuentemente con las repetidas derrotas que había infligido a todos los intentos de sus parientes por presentársela, o porque la admitiera como compañía en Sanditon House, había traído consigo de Londres, la pasada fiesta de San Miguel, a esta señorita Brereton que, por sus méritos, tenía todos los visos de competir por su favor con sir Edward, y de ganar para sí y para su familia esa parte de propiedad que tenía desde luego el mayor derecho a heredar.
El señor Parker habló con calor de Clara Brereton, y el interés de la historia que iba contando aumentó con la introducción de este personaje. Charlotte no escuchaba ahora sólo por distracción: era avidez y placer lo que sentía, oyendo decir que era encantadora, amable, bondadosa, modesta, y cómo se conducía con gran juicio y se ganaba con sus méritos innatos el afecto de su protectora. La belleza, la dulzura, la pobreza y la dependencia no necesitan de la imaginación de un hombre para despertar interés. Con las debidas excepciones, una mujer siente simpatía por otra mujer de manera espontánea y natural. El señor Parker contó las circunstancias que habían hecho posible que Clara fuera admitida en Sanditon como un ejemplo nada desdeñable de ese carácter complejo, de esa mezcla de mezquindad, benevolencia, buen sentido e incluso liberalidad, que veía en lady Denham.
Tras abstenerse de pisar Londres durante años, sobre todo a causa de esos mismos primos que no paraban de escribirle invitándola y atormentándola, y a los que estaba dispuesta a mantener a raya, se había visto obligada a ir la pasada fiesta de San Miguel con la certeza de que la iban a retener lo menos un par de semanas. Se había alojado en un hotel, aunque hacía la vida por su cuenta lo más austeramente posible para compensar la fama de caro de dicho establecimiento; y al pedir la factura a los tres días para comprobar su estado encontró tan elevado su importe que decidió no seguir allí una hora más; y se estaba preparando para abandonar el hotel a todo trance, con la irritación y el malhumor que le producía el convencimiento de haber sido víctima de una burda estafa, y el no saber adónde ir que la tratasen mejor, cuando aparecieron los primos, los políticos y afortunados primos, que no parecía sino que le habían puesto un espía; y al enterarse de su situación, la convencieron de que aceptara para el resto de su estancia el alojamiento más modesto que su casa, situada en un barrio muy inferior de Londres, le podía ofrecer.
Fue. Le complació la acogida, hospitalidad y atenciones que recibió de todos: descubrió que sus buenos primos los Brereton eran personas mucho más dignas de aprecio de lo que ella había esperado; finalmente, al enterarse personalmente de sus escasos ingresos y de sus dificultades económicas, se sintió impulsada a invitar a una de las jóvenes de la familia a pasar el invierno con ella. La invitación era para una, durante seis meses, con opción a que la sustituyese otra después; pero al hacer la elección, lady Denham había revelado la parte buena de su carácter, porque saltándose a las hijas de la casa, fue a escoger a Clara, una sobrina, más desamparada y evidentemente más digna de compasión que las otras, una criatura menesterosa, una carga adicional para el ya agobiado círculo familiar, y que venía de un escalón tan bajo desde el punto de vista social, que si bien estaba dotada de cualidades y disposiciones naturales, se había estado preparando para un puesto poco mejor que el de niñera.
Lady Denham había regresado con Clara, cuyos méritos y buen sentido le habían asegurado, según toda apariencia, un puesto muy sólido en su afecto. Hacía mucho que se habían cumplido los seis meses sin que se dijera una palabra de efectuar ningún cambio, o intercambio. Era la predilecta de la casa: todo el mundo era sensible a la influencia de su conducta formal y su carácter dulce y apacible. Los prejuicios que había encontrado al principio en algunos habían desaparecido. Se la juzgaba digna de confianza, y compañera capaz de guiar y apaciguar a lady Denham, de ensanchar su espíritu y abrir su mano. Era tan absolutamente amable como bonita; y dado que contaba con las brisas de Sanditon, su belleza era completa.


IV


—¿De quién es esa propiedad tan agradable? —dijo Charlotte cuando, en una depresión resguardada a menos de tres kilómetros del mar, pasaron ante una casa de razonable tamaño, bien vallada y plantada, con jardín, huerto y prados abundantes, que son el mejor adorno de una morada de este género—. Parece que tiene tantas comodidades como Willingden.
—¡Ah! —dijo el señor Parker—, ésa es mi antigua casa; la casa de mis antepasados; la casa donde nacimos y nos criamos mis hermanos y yo, nacieron mis tres hijos mayores, y donde la señora Parker y yo hemos vivido hasta hace dos años. Hasta que terminaron nuestra nueva casa. Me alegro de que le guste. Es un viejo y honrado lugar; Hillier lo mantiene muy cuidado. Se la he cedido al hombre que lleva la mayor parte de mis tierras. Así, él tiene una casa mejor, ¡y yo bastante mejor situación! Una cuesta más y estaremos en Sanditon; en el Sanditon moderno: un pueblo precioso. Nuestros mayores construían siempre en terreno bajo. Estábamos encajonados aquí, en este pequeño rincón, sin aire ni perspectiva, a sólo dos kilómetros de la más espléndida extensión de océano, entre el promontorio sur y el final de la costa, sin beneficiarnos lo más mínimo de ella. Ya verá cómo no ha sido mal cambio cuando lleguemos a Trafalgar House… que, a propósito, casi me gustaría no haberle puesto Trafalgar: le habría ido mejor Waterloo. De todos modos, el nombre de Waterloo lo tengo en reserva; y si este año nos sentimos con ánimo suficiente (como confío) para arriesgarnos a construir un pequeño bloque de casas adosadas en forma de media luna, podremos llamarlo Waterloo-crescent; y el nombre, unido a la forma del bloque, que siempre es una combinación atrayente, hará que se nos llene de huéspedes. En una temporada buena tendremos más solicitudes de las que podamos atender.
—Siempre ha sido una casa confortable —dijo la señora Parker, mirándola por la ventanita de atrás como con afectuosa nostalgia—. Y tiene un huerto precioso… un huerto excelente.
—Sí, cariño; pero puede decirse que nos lo hemos llevado. Nos sigue proporcionando como antes la fruta y la verdura que necesitamos; y en realidad tenemos todos los productos de un huerto excelente sin la visión constante y molesta de sus labores, o el fastidioso deterioro anual de su vegetación. ¿Quién es capaz de soportar un cuadro de coles en octubre?
—¡Oh!, sí… querido… Estamos tan bien provistos de verduras como antes; porque si alguna vez se olvidan de traernos, siempre podemos comprar en Sanditon House lo que necesitemos. El hortelano de aquí nos abastece de mil amores: pero era un lugar precioso para que corrieran los niños. ¡Y muy umbroso en verano!
—Cariño, en la colina vamos a tener sombra suficiente, y más que suficiente, en espacio de unos años; el medro que llevan mis plantones es el asombro de todos. Entretanto, tenemos el toldo de lona que nos proporciona la más completa comodidad dentro de casa… y en cualquier momento puedes comprar una sombrilla en la tienda de Whitby para la pequeña Mary, o un sombrero ancho en la de Jebb. Y en cuanto a los chicos, debo decir que prefiero que correteen al sol. Seguro que estás de acuerdo conmigo, cariño, en querer que nuestros chicos se hagan lo más fuertes posible.
—Sí, claro, por supuesto. Y voy a comprarle una pequeña sombrilla a Mary que la hará sentirse la mar de orgullosa. Qué seria va a ir con ella: me la imagino hecha una mujercita. ¡Ah!, no tengo la menor duda de que estamos mucho mejor donde vivimos ahora. Si alguno de nosotros quiere bañarse, no tiene que andar ni medio kilómetro. Pero —todavía mirando hacia atrás— siempre da gusto ver a una antigua amiga, una casa donde una ha sido feliz. Parece que los Hillier no notaron las tormentas el invierno pasado. Recuerdo que vi a la señora Hillier después de una de esas noches espantosas en que se sacudieron literalmente las camas, y al parecer sólo había notado un viento algo más fuerte de lo normal.
—Sí, sí; es muy probable. Nosotros tenemos toda la grandiosidad de la tormenta, con menos peligro real; porque el viento, al no encontrar nada en nuestra casa que le ofrezca resistencia o lo encajone, simplemente ruge y sigue adelante; mientras que abajo en esa zanja no se enteran del estado de la atmósfera, debajo de los árboles, y puede cogerles totalmente desprevenidos una de esas turbonadas espantosas que causan más destrozo en un valle, cuando se levantan, que el que haría en campo abierto el ventarrón más desatado. Y en cuanto a las verduras, amor mío, dices que cualquier desabastecimiento accidental lo puede atender el hortelano de lady Denham; pero en mi opinión debemos acudir a otro si llega el caso, y tienen más derecho el viejo Stringer y su hijo. Le animé a cultivar, y me temo que no lo hace muy bien; es decir, aún no ha pasado el tiempo suficiente. Lo hará muy bien sin la menor duda; pero al principio es un trabajo arduo, y por tanto debemos prestarle la ayuda que podamos; y cuando haga falta algo de fruta o de verdura (y no estará mal que falten de vez en cuando, que se nos olvide alguna cosa casi todos los días), encargarle a ese pobre viejo Andrew un discreto suministro para que no pierda su trabajo diario, pero la mayor parte de nuestro consumo comprársela a los Stringer.
—Muy bien, cariño; no habrá dificultad en eso, y la cocinera se alegrará. Lo que va a ser un gran alivio, porque siempre se está quejando de que el viejo Andrew nunca le trae lo que necesita. Bueno, ya hemos dejado atrás la antigua casa. ¿Y dice tu hermano que la van a convertir en hospital?
—Mary, cariño, eso es una broma suya. Finge aconsejarme que la convirtamos en hospital. Finge reírse de mis mejoras. Sidney dice lo que se le pasa por la cabeza. Siempre nos dice a todos lo que se le antoja. Creo, señorita Heywood, que en casi todas las familias hay un miembro así. En casi todas las familias hay alguien dotado de talento o ingenio para decir ocurrencias. En la nuestra es Sidney, que es un joven inteligentísimo, y con gran poder de agradar. Vive demasiado en el mundo para ser reposado: ése es su único defecto. Está aquí y allá y en todas partes. Me gustaría conseguir que viniera a Sanditon. Me gustaría que le conociese. ¡Y estaría muy bien para el lugar! Un joven como Sidney, con su coche precioso y su aire elegante. Tú y yo sabemos, Mary, el efecto que podría tener: la de familias respetables, madres prudentes e hijas hermosas que podría atraernos, en perjuicio de Eastbourne y de Hastings.
Ahora se estaban acercando a la iglesia y al pueblo propiamente dicho de Sanditon, que se alzaba al pie de la loma que después iban a subir; una loma cuya ladera abarcaba el bosque y la cerca de Sanditon House, y cuya cima era un área despejada donde pronto se esperaba ver los nuevos edificios. Una bifurcación del valle, serpeando más oblicuamente hacia el mar, daba paso a un riachuelo insignificante que en su desembocadura formaba una tercera división habitable, con un grupito de casas de pescadores.
El pueblecito lo constituían poco más que casitas de campo, pero reflejaban el espíritu del momento, como el señor Parker comentó con satisfacción a Charlotte, y dos o tres de las mejores se hallaban animadas con una cortina blanca y el «Se alquilan habitaciones»; y más adelante, en el pequeño espacio verde ante una vieja granja, vieron dos mujeres elegantemente vestidas de blanco con sus libros y sus sillas plegables; y al dar la vuelta a la esquina de la panadería, les llegaron los sones de un arpa desde la ventana superior.
Tales visiones y sones fueron de lo más venturosos para el señor Parker. No es que tuviera ningún interés personal en el éxito del pueblo en sí; porque, juzgándolo demasiado apartado de la playa, no había hecho nada en él. Pero era una valiosa prueba de la creciente popularidad de todo el lugar. Si el pueblo era capaz de atraer gente, la colina se llenaría. Preveía una temporada extraordinaria. ¡A todo esto, el año anterior (a finales de julio) no había habido un solo huésped en el pueblo!; ni recordaba él ninguno durante el verano, salvo una familia de niños que llegó de Londres para tomar el aire marino después de que pasaron la tos ferina, y cuya madre no quería tenerlos más cerca de la playa por temor a que se mojaran.
—¡Es la civilización, la civilización! —exclamó el señor Parker, entusiasmado—. Mira, cariño. Mira el escaparate de William Heeley. ¡Zapatos azules y botas de nanquín! ¡Quién habría esperado verlos aquí en una zapatería del viejo Sanditon! Llevan menos de un mes. Cuando pasé por aquí hace un mes no había zapatos azules. ¡Es realmente glorioso! Bueno, creo que he hecho algo importante en mi tiempo. Y ahora, llegamos a nuestra colina; a nuestra saludable colina…
Cuesta arriba, pasaron ante la verja de Sanditon House y vieron asomar el tejado entre los árboles. Era el último edificio de los primeros días en esa parte del municipio. Un poco más arriba empezaban los modernos; y al pasar la cima descubrieron una Prospect House, una Bellevue Cottage y una Denham-place, Charlotte con divertida curiosidad, y el señor Parker con unos ojos ansiosos que esperaban no ver apenas casas vacías. Había más carteles en las ventanas de los que había calculado, y menos indicios de gente en la colina: menos carruajes, menos paseantes. Había imaginado que a esa hora del día estarían regresando de su paseo para cenar. Pero la playa y la Terraza siempre atraían a alguno; y la marea debía de estar subiendo; debía de estar a medias ahora.
Ansiaba estar en la playa, en los acantilados, en su propia casa y en todas partes a la vez. Se le levantó al ánimo al ver el mar, y casi sintió más fuerte el tobillo. Trafalgar House, en el sitio más elevado de la colina, era un edificio claro y elegante que se alzaba en medio de una pequeña zona de césped con árboles muy jóvenes alrededor, a un centenar de metros del borde de un acantilado no muy alto… el más cercano a él de todos los edificios, aparte de una breve fila de casas de aspecto cuidado que llamaban la Terraza, con un ancho paseo delante que aspiraba a ser la Alameda del lugar. En esta fila estaba la mejor sombrerería y la biblioteca; algo separado del grupo estaba el hotel y el salón de billar: aquí empezaba la bajada a la playa y a las máquinas de baño. Y éste era, por tanto, el lugar favorito de la belleza y la moda.
En Trafalgar House, que asomaba por detrás de la Terraza, a poca distancia, los viajeros fueron depositados sin novedad, y todo fue alegría y júbilo entre los papás y los hijos. Entretanto Charlotte, tras tomar posesión de la habitación que se le asignó, halló distracción suficiente junto al triple ventanal, contemplando el heterogéneo primer término compuesto de edificios inacabados, techumbres y ondeante ropa blanca, hasta el mar, que danzaba y centelleaba de sol y de frescor.


V


Cuando se reunieron antes de la cena, el señor Parker estaba mirando la correspondencia.
—¡Ni una línea de Sidney! —dijo—. Es un perezoso. Le escribí contándole mi accidente en Willingden y creí que se dignaría contestarme. Pero tal vez eso significa que va a venir. Confío en que así sea… Pero aquí hay carta de una de mis hermanas. Ellas nunca fallan. En lo que toca a correspondencia, las mujeres son las únicas en las que se puede confiar. A ver, Mary —sonriendo a su esposa—, antes de abrirla: ¿cómo imaginamos que se encontrarán de salud sus autoras?… O mejor: ¿qué diría Sidney si estuviese aquí? Sidney es un frescales, señorita Heywood. Y asegura que buena parte de las dolencias de mis hermanas son imaginación; pero no es verdad, o no del todo. Tienen una salud delicada, como ya nos ha oído comentar muchas veces, y son propensas a muy graves trastornos. A decir verdad, creo que no han tenido un solo un día en que no les haya dolido nada; y a su vez son mujeres tan dispuestas y de tanto carácter que, cuando se trata de colaborar, ponen tanto empeño en su esfuerzo que causan una impresión extraordinaria a quienes no las conocen bien. En realidad carecen de afectación. Lo que pasa es que tienen una constitución más débil y un espíritu más fuerte de lo que se suele ver por ahí, tanto junto como separado. Y siento decir que mi hermano menor, que vive con ellas y tiene poco más de veinte años, es casi tan inválido como ellas. Está tan delicado que es inútil para cualquier profesión. Sidney se ríe de él; pero no es ninguna broma. Aunque Sidney hace a menudo que me ría de ellos a mi pesar. Bueno, si estuviese aquí apostaría a que Susan, Diana o Arthur cuentan en esta carta que han estado al borde de la muerte este mes pasado.
Tras echar una ojeada a la carta, meneó la cabeza y empezó:
—Siento decir que no hay posibilidad de que vengan a Sanditon. Dan una información imparcial de ellas. Sinceramente, muy imparcial. Mary, te entristecerá saber lo mal que se han encontrado y se encuentran. Si me permite, señorita Heywood, leeré en voz alta la carta de Diana: me gusta que mis amigos se conozcan entre sí, y me temo que éste es el único medio de que dispongo para lograrlo entre ustedes. No me da ningún apuro por Diana, porque sus cartas la muestran tal como es: el ser más dinámico, simpático y afectuoso de cuantos existen, por lo que no tiene más remedio que causar buena impresión.
Leyó: «Querido Tom: Hemos sentido mucho tu accidente, y si no fuera porque dices que has caído en tan buenas manos, habría corrido a tu lado contra viento y marea al día siguiente de recibir tu carta, aunque me cogió en medio de un agravamiento más fuerte de lo normal de mi vieja afección biliar, y apenas soy capaz de arrastrarme de la cama al sofá. Pero ¿cómo te han tratado? Cuéntame más detalles en la próxima. Si es efectivamente una simple torcedura, como tú la llamas, lo más sensato habría sido una friega, una friega con las manos tan sólo, suponiendo que te la dieran inmediatamente. Hace dos años, estaba yo de visita en casa de la señora Sheldon cuando su cochero se torció casualmente el pie limpiando el coche y a duras penas fue capaz de llegar cojeando a la casa; pero gracias a la inmediata aplicación de una friega persistente (le froté el tobillo con mis propias manos durante seis horas seguidas), se puso bien a los tres días. Te agradezco mucho, querido Tom, tu amabilidad con nosotras, poniéndonos al corriente con tanto detalle de tu percance. Pero te ruego que no vuelvas a exponerte al peligro buscando un boticario para nosotras, pues aunque hubieras reclutado para Sanditon al hombre más experimentado de su profesión, no sería ninguna garantía para nosotras. Hemos roto completamente con la tribu médica entera. Hemos estado visitando un médico tras otro en vano, hasta que hemos llegado a la conclusión de que no pueden hacer nada por nosotras y debemos confiar en el conocimiento que tenemos de nuestra precaria condición para cualquier alivio. Pero si consideras aconsejable por el interés del pueblo llevar un médico ahí, me ocuparé encantada de ese encargo, y no te quepa ninguna duda de que lo cumpliré. Puedo poner inmediatamente toda la carne en él asador. En cuanto a ir a Sanditon, me es del todo imposible. Lamento decir que no me atrevo a intentarlo: mi intuición me dice que en mi estado actual el aire marino sería probablemente la muerte para mí. Y ninguno de mis queridos compañeros me dejará, como tampoco les animaré yo a que vayan a pasar contigo un par de semanas. Porque dudo sinceramente de que los nervios de Susan resistan ese esfuerzo. Lleva soportando un dolor de cabeza y seis sanguijuelas al día desde hace diez; aunque la alivian tan poco que hemos creído conveniente cambiar de tratamiento, y hemos llegado a la conclusión, después de meditarlo, de que gran parte del mal le viene de las encías, así que la he convencido de que ataque el mal por ahí. Total, que le han extraído tres muelas y ha mejorado sensiblemente, aunque tiene los nervios bastante alterados. Apenas si puede hablar en susurros, y se ha desmayado dos veces esta mañana al intentar el pobre Arthur reprimir su tos. Él, me alegra poder decirlo, se encuentra relativamente bien, aunque más débil de lo que yo quisiera; y temo por su hígado. De Sidney no sé nada desde que estuvisteis los dos en la capital, pero infiero que no ha llevado a cabo su plan de ir a la isla de Wight; de lo contrario le habría visto de paso. Deseamos muy sinceramente que paséis un buen verano en Sanditon, y aunque no podemos contribuir personalmente a tu Beau Monde, hacemos cuanto podemos por enviarte personas de merecimiento: creo que seguramente podremos mandarte dos familias numerosas, una de un rico indiano de Surrey, la otra de un respetabilísimo internado o academia de señoritas, de Camberwell. No quieras saber la de intermediarios que he utilizado en esto: una complicación. Pero el éxito compensa de sobra. Un cariñoso abrazo».
—Bien —dijo el señor Parker al terminar—. Aunque seguramente Sidney encontraría esta carta de lo más divertida y nos haría reír sin parar durante media hora, confieso que yo no la veo sino muy digna de compasión, y muy digna de elogio. ¡Con lo que sufren, observará que se esfuerzan en contribuir al bien de los demás! ¡Cómo se preocupan por Sanditon! Dos familias numerosas: a una le asignaremos probablemente Prospect House, y a la otra, el número 2 de Denham-place… o la casa del final de la Terraza; además hay camas de sobra en el hotel. Ya le decía yo, señorita Heywood, que mis hermanas son mujeres excelentes.
—Estoy segura de que son extraordinarias —dijo Charlotte—. Me admira el tono alegre de la carta, a pesar de cómo se encuentran las dos. ¡Tres muelas de una vez! ¡Qué horror! Puede que su hermana Diana esté muy mal, pero que a su hermana Susan le hayan sacado tres muelas me parece muchísimo peor.
—Bueno, ellas están acostumbradas a las operaciones… a toda clase de operaciones. ¡Y tienen mucha fortaleza!
—Sin duda sus hermanas saben lo que hacen, pero creo que van demasiado lejos en sus medidas. Si yo estuviese enferma de lo que fuera, querría contar con el consejo de un profesional; no me atrevería a decidir por mí misma, ni por nadie de los míos. Pero nosotros hemos sido siempre una familia sana y no sé qué experiencia puede dar la costumbre de automedicarse.
—A decir verdad —dijo la señora Parker—, creo que las señoritas Parker lo llevan a veces demasiado lejos. Y tú piensas igual, cariño; lo sabes: a menudo tengo la impresión de que se sentirían mejor si dejaran de pensar tanto en sí mismas… sobre todo Arthur. Sé que crees que es una pena que tengan tanta manía en que está enfermo.
—Claro, claro, cariño; te aseguro que es una desgracia para el pobre Arthur que le animen a dejarse vencer por las indisposiciones en esa etapa de la vida. Es una pena; es una pena que se crea demasiado delicado para desempeñar una profesión… y que a los veintiún años se pase la vida sentado pensando en los intereses de su pequeña fortuna, sin intentar aumentarla, o decidirse a hacer algo que sea provechoso para él o para los demás. Pero hablemos de cosas agradables: esas dos familias numerosas son exactamente lo que necesitábamos. Pero aquí cerca tenemos algo más agradable aún: Morgan con su anuncio de «Comidas».


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