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Autores del Siglo XIX
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Por mrsdarcy
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Cora Pearl, 1835–8 July 1886, nacida en Devonshire como Emma Elizabeth Crouch, pronto supo reconocer, aunque nadie más lo viera, el potencial sensual. Decidió qué profesión iba a seguir y resolvió llegar a la cumbre. Metódicamente, fue ascendiendo los peldaños de la prostitución. Su vida, aunque ella no lo supiera, habría de ser breve. No perdió el tiempo. Avariciosa, original y creativa, “logró mantenerse en primera fila gracias a su extraordinario talento para las excentricidades voluptuosas”. Organizaba fiestas donde mantenía a los invitados en estado permanente de expectación. ¿Con qué los sorprendería Cora después? Varias veces hizo su aparición, no sentada a la mesa, sino sobre ella, desnuda entre los platos en una gran bandeja cubierta. En una de las ocasiones, al levantar la tapa, apareció bañada en salsa, anticipándose a los juegos a los que se dedicarían los millonarios norteamericanos medio siglo después. Bailó el cancán sobre un suelo recubierto de rosas y se remojó delante de sus invitados en una bañera de plata rellena de champán. Organizadora infatigable de fiestas ruidosas, fue expulsada por la policía de Baden, Montecarlo, Niza, Vichy y Roma.
Antes de escribir sus memorias, se puso en contacto con todos sus amantes para preguntarles cuánto estaban dispuestos a pagar para no figurar en el texto. Esta idea debió de resultarle muy rentable.

Proveniente de una numerosísima familia de músicos (contó en su infancia con 16 hermanos), su destino se reveló de la manera más trágica en Londres, en una temporada en que vivía en casa de su abuela y siendo casi una niña, cuando su aya tardó en recogerla de la Iglesia y un viejo asqueroso, de esos que nunca faltan, se aprovechó de ello, la abordó y consciente de que jamás podría volver a su casa luego de tal deshonra, la pequeña Emma tuvo que seguir adelante por un camino cargado de triunfos y sinsabores, cambiando nombre, patria y porvenir. Ella, que quizá sin aquella violación hubiese culminado siendo alguna respetable burguesa victoriana, se veía obligada a tomar el camino opuesto.
Cora misma, en sus memorias (escritas o dictadas en el hospital, cuando ya la miseria opacaba sus pasadas glorias) cuenta que siempre guardó una especie de rencor a los hombres. Para sus ricos protectores no tuvo jamás un sentimiento intenso, a excepción de la gratitud. Y si nunca tuvo a su lado a una verdadera amiga, ni a ninguna otra mujer en quien confiar, fue a causa de la envidia que desató a su alrededor. Coral Pearl fue una mujer de lo más desengañada y cínica.
Se le abriría en la capital parisina todo un mundo de lujos y vanidades. Como con ninguna otra de su tiempo, testas coronadas y pechos atiborrados de medallas comenzaron a reclamar sus favores. Viajes en ferrocarril, suites lujosas, joyas, vestidos, todo se sucedía con la fantástica transformación de un calidoscopio y, sin embargo, a ella tal tipo de vida la agotaba. Su mayor enemigo, por eso mismo, no fue otro que el aburrimiento. Cuenta ella misma que despojó a una exquisita casa veraniega de absolutamente todos sus muebles y galas únicamente para darse el lujo de redecorarla, y no por necesidad o verdadera pasión, sino simplemente por tener algo qué hacer. Esta clase de excentricidades serían las que a la postre la llevarían a la ruina.
Su libro “Confesiones de una cortesana” no recibió de sus contemporáneos la atención debida, en parte por estar en vogue un estilo pomposo de literatura y ser las memorias de Cora narradas en el estilo conciso y breve que hoy recién admiramos. Lo escribió por estar en bancarrota y enferma, y así lo expresa. A pesar de que muchos pasajes de la obra pueden ser tomados por licenciosos, el libro ofrece el encanto de dar un vistazo único al mundo íntimo de la Francia del Segundo Imperio.

Contiene en pdf:
Confidencias de una cortesana.


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I am Dina (2002)

Alguien me la puede pasar?

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